Masculinidad, violencia y coeducación

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Si tuviéramos que escoger una serie de imágenes que representaran simbólicamente el concepto de violencia muy probablemente en la mayoría habría varones. Pensaríamos en asesinos famosos, pero también recurriríamos a los grandes dictadores por sus atrocidades, incluso a reyes déspotas o a ciertos líderes militares conocidos por sus limpiezas étnicas. Todos eran hombres.

 

Precisamente leía estos días una entrevista en La Vanguardia a Raewyn Connell, una persona que ha dedicado su vida y obra al estudio de la identidad masculina. En una de las preguntas, esta socióloga australiana hablaba de la importancia de las estructuras sociales más allá de la biología, despertando mi curiosidad sobre la tan recurrida relación entre masculinidad y violencia. Para ciertos discursos existe una vinculación directa entre lo biológico y el comportamiento social. Con ello se pretende justificar que el ejercicio de la violencia por parte de los hombres responde a cuestiones naturales.

 

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Imagen de Luis F. Sanz. Vía El País.

 

Sin embargo, no necesariamente en todas las culturas conocidas y estudiadas los hombres tienen un comportamiento violento. Lo podemos ver en alguno de los estudiosos de la cuestión masculina, como David Gilmore, quien nos habla por ejemplo de los Semai o los Tahitianos, como nos cuenta Coral Herrera. A pesar de todo, sí que parece existir una percepción social que nos indica que algo pasa con los hombres, con sus formas de relacionarse y construir su identidad masculina. Los varones han sido y son los que ejercen la mayor parte de las violencias estudiadas en sus diferentes formas, contra todo y contra todos y todas. La identidad masculina, al menos la tradicional, tiene un engranaje basado en formas diferentes de ejercer la violencia: las guerras, la violencia contra otros hombres, contra las mujeres, contra los niños y niñas, las violaciones y abusos sexuales, la violencia contra los animales, la violencia urbana, los suicidios, etc.

 

Pero quizás, si lo analizamos parece casi inevitable. No es ninguna justificación. Copiando a Marina Subirats, forjamos a los hombres, y lo hacemos desde la competencia, desde la lucha por el poder, puede que acrecentada por el propio sistema económico pero también desde la exhibición de la masculinidad en lo público, como contrario, como negación de una feminidad recluida en lo doméstico. La masculinidad en sí misma ya implica violencia. Lo vemos en los ritos de paso, como en la mili, o en los deportes de masas como el fútbol, en las peleas callejeras o de los patios de los colegios, etc. Pero lo vemos también cotidianamente en las conductas masculinas, en la propia filosofía de la exhibición perpetua de la masculinidad: hay que demostrar que se es hombre. La masculinidad no se adquiere definitivamente a través de ningún mecanismo social, la masculinidad se demuestra diariamente y se gana a lo largo de la vida. Y todo ello implica ciertas dosis o formas de violencia.

 

 

Si los hombres que no nos identificamos con ella queremos cambiar en pro de la igualdad, si estamos hartos de una masculinidad rígida y encorsetadora, de un modelo obsoleto y limitante, debemos de repensar nuestra relación con las violencias y nuestras formas de ejercerlas.

En nuestro país todos los años mueren una cantidad inasumible de mujeres asesinadas por hombres que habían tenido o tenían alguna relación con ellas. Hemos llegado a tales niveles en algunos países que incluso hablamos ya de conceptos como “feminicidio”, por ejemplo en Ciudad Juárez en México o lo que ocurre ya hace tiempo en la India. Y los hombres somos responsables y debemos saber dar respuesta. No valen las actitudes pasivas.

 

Superar el modelo basado en la violencia es el único camino posible para erradicar estas lacras. Y ello pasa por la forma en que educamos a los hombres del futuro. Necesitamos grandes transformaciones que empiecen desde bien temprano y quizás la coeducación puede ser clave en este sentido. No les demos a los niños pistolas, aunque sean de juguete, no convirtamos los cuerpos de nuestros adolescentes en armas para ejercer la dominación, pero sobre todo, no los socialicemos en la competencia, ni en la homofobia, ni en la diferencia. Enseñémosles formas alternativas de relacionarse más allá de la reproducción de estas prácticas violentas. Enseñémosles que también pueden llorar.

 
GILMORE, David D. (1994): Hacerse hombre: concepciones culturales de la masculinidad. Barcelona, Paidós.
SUBIRATS, Marina (2013): Forjar un hombre, moldear una mujer. Barcelona, Editorial Aresta.

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