Crónica de una violación anunciada

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A propósito del despropósito de los recientes sucesos en la Feria de Málaga sobre una supuesta violación y la ya tan previsible criminalización de la supuesta víctima, he decidido reflexionar brevemente sobre la relación que estos hechos guardan con la construcción cultural de la masculinidad y la denominada “cultura de la violación”.

Por poner un ejemplo, recordaréis como hace no tantos años, allá por los noventa, el corazón de Europa se desangraba con la complacencia e inoperancia de la comunidad internacional. La que todas y todos recordamos como guerra de los Balcanes, no fue solamente cruel y sanguinaria en sus matanzas, sino también infamemente conocida por sus violaciones masivas, que a pesar de no ser práctica exclusiva de este conflicto, gracias a él se empezó a reconocer este fenómeno como arma de guerra.

Quería empezar recordando este hecho, tan cercano en el tiempo y el espacio, porque manifiesta la naturalización de la “cultura de la violación” ya no sólo en las guerras, sino en la cultura en que vivimos. En la segunda guerra mundial los jóvenes soldados americanos estaban también ansiosos por llegar al burdel francés. Las mujeres como botín de guerra, como recompensa para el reposo del guerrero, en muchas ocasiones más bien mercenarios.

Como decía, aprovechando el altavoz público de este blog, analizaré el tema de las violaciones, tan desgraciadamente actual (siempre tan actual para los feminismos, aunque no tan mediático) desde la perspectiva de los varones y de la construcción de su identidad. Los hombres en de-construcción a los que alude el título de esta sección puede que sean los primeros sorprendidos por algunas de mis reflexiones.  Aunque yo también soy hombre, creo que ya hace tiempo vengo dejándolo, al menos en su versión hegemónica.

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Pese a que podría no coincidir con algunas de las ideas de este artículo, sin duda que reflexionar sobre la manera en que nuestra cultura patriarcal y androcéntrica influye en las agresiones sexuales de toda índole que sufren las mujeres a lo largo y ancho del planeta, es un deber inexorable para cualquier varón digamos que pretendidamente “post-patriarcal”. Ya que puede que ser hombre, este simple hecho, y dados los datos estadísticos, sea potencialmente peligroso para las mujeres.

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http://www.hamptoninstitution.org/americas-campus-rape-policy.html#.U_7srsV_uSo

Ser conscientes de la manera en que ayudamos a reproducir y perpetuar esta cultura es el primer paso, y sin duda debe ir necesariamente acompañado de una implicación práctica en nuestra vida cotidiana. Piensa cómo, aunque no seas un violador, ayudas a su no erradicación, con tus comentarios, con tu indiferencia, con la forma en que vives tu sexualidad. Piénsalo y no te escandalices por ello, tampoco trates de justificarte, simplemente sé autocrítico y trata de cambiar. Aún así, más allá de este bien intencionado cambio que nos desligue de esa cultura benevolente con la violación o las agresiones o abusos sexuales de todo tipo, habría que poner también el acento en las raíces que este problema tiene en su parte de construcción sociocultural de la masculinidad.

¿Cómo llegamos a generar esta cultura en la que nuestros jóvenes pueden  tolerar la “violencia sexual” e incluso reproducirla en diferentes niveles de intensidad? El propio sistema está impregnado de actitudes y discursos complacientes con los hombres que entienden a las mujeres como inferiores, como objetos a su disposición. Y esto es consecuencia directa de los procesos de socialización masculina (y también femenina). La violencia sexual, en definitiva, es una forma más de demostrar la identidad de los varones y puede que la última forma de sublimarla al mismo tiempo, ya que es posible que no haya forma más horrible de ejercer la dominación que las violaciones, especialmente las grupales, muestra paradigmática de esta dominación masculina, especialmente en tiempos de crisis de identitarias. Nuestros chistes, canciones o series de televisión representan un rico muestrario de esta cultura, como también la pornografía mainstream, tan ampliamente consumida y que sin una formación adecuada puede derivar en una normalización de esta ficción.

Creo que no voy a aportar nada nuevo diciendo que ciertos enfoques están equivocados. Centrarnos en las víctimas, muchas veces con el discurso de la sospecha, no sirve más que para continuar como siempre. Hay que poner el foco en los agresores, en los violadores, el problema son ellos y la solución está en ellos. Y puesto que es una cuestión cultural tiene, evidentemente, una solución compleja y costosa.

Una sociedad donde la publicidad representa un determinado modelo de mujer erotizada (cuando no sumisa o sometida), donde los medios de comunicación reproducen, (cuando no construyen) discursos de culpabilización de las mujeres, o cuando esa misma sociedad pretende solucionar los problemas diciendo a las mujeres que deben vivir atemorizadas en vez de enseñar a los hombres que ellas no son su propiedad y que el espacio público no es su cortijo, es a todas luces, una sociedad preocupantemente enferma. Y en esas andamos.

“Las violaciones se sucedían día y noche”
BOURDIEU, Pierre (2007): La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.

 

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