La masculinidad exultante

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“Dícese de aquello que muestra gran alegría o satisfacción”. Así define exultante el diccionario de la RAE. Justamente andaba buscando un adjetivo de estas características para tratar de referirme a aquellos comportamientos masculinos que tienen mucho que ver con la alegría o satisfacción de celebrarse como hombres. Aunque somos conscientes de las dificultades que entraña la inalcanzable masculinidad (en versión hegemónica) y de los escenarios de incertidumbre que genera, también es cierto que para ciertos estratos sociales esa masculinidad se convierte en un espacio de deleite. Más allá de pruebas de virilidad exigentes como son habituales en otras culturas, esta masculinidad se congratula de sí misma en espacios que no se caracterizan por el riesgo ni la dureza en sus pruebas. Existen comportamientos ritualizados para estos varones exultantes que celebran sus éxitos como hombres tratando precisamente de mostrar que son hombres, como algo casi autorreferencial.

 

Aunque para mucha gente probablemente ya saturada de la actualidad haya pasado desapercibido, en los últimos tiempos, y muy vinculadas con el fastidioso y ya insoportable fenómeno de la corrupción, han salido a la palestra diversas noticias que tienen que ver con esta ritualidad lúdico-festiva.

 

Cacerías, comilonas, póker, alcohol y prostitución, en definitiva la exhibición pública y simbólica del poder y de la dominación combinada con una ostentación propia de los que se sienten superiores. El sistema capitalista lo facilita, la masculinidad tradicional lo dispone. Hombres ricos, presuntamente corruptos, o al menos, habituados a escenarios poco éticos, hombres de las clases pudientes que se enorgullecen de su hombría a través de estos escenarios que suelen ser excluyentes y exclusivos. No suele haber lugar para las mujeres, a menos que estas tengan un precio, es el lugar del grupo de iguales, de la camaradería masculina, del compadreo.

 

 masculinidad exultante

El lobo de Wall Street

 
 

Ser hombre y ser rico es el sueño de todos aquellos que no alcanzaron este paraíso prometido, o de los que no se sintieron hombres, precisamente por estar excluidos del sistema. El capitalismo, especialmente su versión salvaje, y el patriarcado van de la mano. Y esta es la razón por la que la forma de demostrar la masculinidad, esa que “no podemos” demostrar por naturaleza, es diversa entre diferentes estratos socioeconómicos. Así nos lo cuenta Joan Frigolé sobre las diferencias entre “ser hombre” y “ser cacique” como términos contrapuestos desde la interpretación de los obreros agrícolas eventuales de la Vega Alta del Segura (1978). El antropólogo David Gilmore también incide en este aspecto en una reflexión sobre la intensificación de los códigos masculinos cuando descendemos en la escala social (En Carabí y Armengol, 2008: 43).

 

Pues bien, ahora, gracias a los medios y a la denuncia social de la corrupción hemos podido asistir estupefactos a aquellas orgías de lo viril en escenarios de lo más grotescos, donde los hombres aparecen como una caricatura ridícula de la que ni tan solo son conscientes. Rituales sanguinarios vinculados a la caza y sus rituales, comidas y cenas VIP lejos del alcance de la plebe, donde seguro que no faltaba la copa y el puro como reminiscencia de aquellos momentos de subversión adolescente contra el orden de los adultos a través del cigarro y las borracheras.

 

 

Dinero, poder, ostentación y alcohol. Una suerte de lujuria que tiene como colofón una noche movidita a cuenta del contribuyente que ajeno a aquella fiesta de la mediocridad de la masculinidad exultante, paga la cuenta. Dominio del mundo a través de la violencia física que implica la actividad cinegética, dominio sobre el medio natural, del que la masculinidad alguna vez creyó que podía escapar, dominio de lo simbólico a través de toda la parafernalia endogámica de aquellos hombres que se creyeron reyes, aunque si lo fueron, fue de reinos oscuros. Pero sobre todo, dominio, poder, control y apropiación de las mujeres. Las mujeres como objeto de consumo a disposición de aquellos que el sistema premió por ser ricos y por ser hombres.

 

Si algo necesitamos los hombres en este momento, es precisamente todo lo contrario, es decir, necesitamos referentes de hombres que son “exitosos” de otras maneras y que nos puedan servir de espejo donde mirarnos para construir nuestra masculinidad de una manera sana, alejada de la violencia, la ostentación e incluso el esperpento que supone esta masculinidad exultante.

 
Frigolé, Juan (1978). “Ser cacique” y “ser hombre”: Dos símbolos y dos modelos de relación en un pueblo de la Vega Alta del Segura. En Antonio Carreira, Jesús Antonio Cid, Manuel Gutiérrez Esteve y Rogelio Rubio (Coords.), Homenaje a Julio Caro Baroja (pp. 371-390). Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
Carabí, Angels y Armengol, Josep M. (2008). La masculinidad a debate. Barcelona: Icaria Editorial.
http://www.abc.es/espana/20141030/abci-granados-cerraba-cacerias-partidas-201410292213.html
http://www.20minutos.es/noticia/2300399/0/constructora-dico-punica/cacerias-cargos-pp/promotores-constructores/

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