#SerIgualitarioMola

firma_joan_eixam

 

No es el paraíso prometido ni probablemente acabe con la complejidad de las relaciones de pareja, como algunas personas podrían esperar, pero ser igualitario es sin duda el mejor camino hacia escenarios de realización personal inimaginables para los hombres durante muchos años. Hace nuestra existencia más completa, más feliz, pero también la de la gente que nos rodea.

 

Ser igualitario no es fácil. No vamos a engañar a nadie. No vale sólo serlo en el discurso, y serlo en la práctica no es sencillo, más bien todo lo contrario. El proceso de “transformación” de los hombres con modelos hegemónicos de masculinidad (que somos la inmensísima mayoría aunque con dosis diferentes de intensidad) hacía modelos “igualitarios” es un proceso casi vital, complejísimo y lleno de dificultades, puesto que no existen espejos donde mirarnos (o a veces son “invisibles”), pero chicos, seguro que merece la pena. Eso sí, el modelo perfecto deseable de hombre igualitario cien por cien no existe, es inalcanzable, aunque al menos nos funciona de referente. Es bastante probable que el habitus que arrastramos no nos permita tocar con los dedos nunca ese ideal.

 

 

Ser igualitario nos permite comenzar a romper los corsés que nos constriñen a través de los dictados de género, esto quiere decir que los hombres ya por fin podemos llorar. Llorar y expresar todo tipo de sentimientos o emociones sin estar pendiente de ese discurso de la sospecha que pondrá en duda nuestra virilidad, cuestión esta última quizá tampoco tan necesaria. Alegrías, penas, miedos e incertidumbres, abrazos, caricias y besos a aquellos y aquellas que queremos y nos quieren, romper con esa relación corporal ruda y muchas veces distante, cuando no inexistente, que existe entre los chicos. Un abrazo cariñoso, escuchar atentamente, acompañar en los silencios. Aprendamos a dar, porque además esto siempre conlleva un retorno que hará nuestra vida más digna.

 

Ser igualitario nos permite redescubrirnos, dejar de ser el centro de nuestros mundos para pasar a disfrutar de paternidades más cercanas, implicadas y responsables, lejos ya de aquella figura fantasmagórica del padre ausente, hija del capitalismo patriarcal. Descubrir en la aparente insignificancia de la vida cotidiana los gestos, los momentos, las sorpresas que puede brindar el compartir la crianza y educación de hijas e hijos con nuestras parejas, con nuestro entorno o en la soledad cercana de una relación entre un padre y su hija o su hijo.

 

Ser igualitario nos permite disfrutar mejor de los tiempos, compartiendo de manera equitativa las tareas domésticas, lo que nos permite a la postre más tiempo para cultivar y disfrutar nuestras relaciones sentimentales y nuestra sexualidad. Porque por supuesto ser igualitario debe centrarse también y de manera urgente en una ruptura radical con el falocentrismo, como ya nos advirtió nuestro queridísimo Marqués allá por los ochenta refiriéndose a esa “siniestra alianza entre el cerebro y el pene”.

 

loshombresigualitariosfollanmejor

Fuente

 

Ser igualitario exige, por otro lado, preocuparnos de nuestro cuerpo, de nuestra salud tanto física como psicológica. No podemos seguir descargándonos en las espaladas de las mujeres. Y también cambiar nuestro posicionamiento tanto en el grupo de iguales (donde las dinámicas masculinas tienden a generar discursos y prácticas sexistas) como en las relaciones de pareja. Tendremos que empezar a sustituir posesión, celos, control y medías naranjas románticas, por libertad, comunicación, consensos y empatías.

 

Por supuesto, ser igualitario también es una cuestión de apertura al conocimiento. De acercamiento a la lucha de las mujeres y a las teorías feministas, a sus historias particulares y su inagotable voluntad por acabar con un sistema de organización social que las convierte en ciudadanas de segunda, cuando no en meros objetos a disposición de los varones. Además es también recomendable introducirnos en el conocimiento que generan algunos grupos de hombres que tanta ventaja nos llevan en esto y que pueden ser nuestra brújula.

 

En este sentido, es importante tener muy claro todas las cosas que debemos intentar aprender renunciando a nuestros privilegios patriarcales: romper con la megalomanía masculina y tratar de descubrir cómo escuchar, dejar de querer ser los protagonistas, sobre todo amigos, no intentemos ser el nuevo chico guay “feminista” como estrategia de ligue o acercamiento a las mujeres, ni intentemos acaparar los espacios feministas siendo ladrones de tiempo y de palabras con nuestros discursos, porque probablemente en muchas ocasiones estén excesivamente distantes de sus preocupaciones y formas de ver la realidad. No busquemos el reconocimiento de algo, que por puro sentido común deberíamos estar haciendo desde hace mucho tiempo.

 

Ser igualitario, en definitiva nos debe ayudar a estar mejor con nosotros mismos desde la premisa básica que ser igualitario es una cuestión fundamental de justicia social. No es un camino infalible hacía la felicidad, pero probablemente es bastante mejor que el modelo patriarcal. Quizá poner la lavadora, tender, planchar, cambiar pañales, ir a la reunión de la AMPA o al ambulatorio, leer y aprender sobre feminismos, escuchar, compartir los tiempos, cambiar nuestra relación con el cuerpo y la sexualidad, denunciar el lenguaje sexista y la violencia de género, entre otras muchas cosas, nos quite tiempo y nos suponga esfuerzo, pero a la vuelta de la esquina, pese a que la calle sea larga, hay otro mundo esperando. Aunque la calle también está para disfrutarla.

 

Recursos
Marqués, Josep Vicent (1987): “¿Qué hace el poder en tu cama?” Barcelona, Icaria Editorial.
Guía express del hombre igualitario

 

serigualitariomola

Fuente

 

 

Anuncios