Morir de hombría

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Una vez más vivimos un verano sangriento. Sí, desafortunadamente seguimos viviendo en una sociedad donde las manifestaciones de una masculinidad tradicional -ya disfuncional y anacrónica- siguen copando páginas en la prensa y lugares privilegiados en las redes sociales. Y esta lacra ya es más que insoportable. Siempre lo ha sido, aunque quizás la inacción frente al problema es lo que empieza a provocar desasosiego. Sin embargo, hoy no vamos a hablar de violencia de género. Al menos en sentido ortodoxo. Siempre he creído que para poder abordar y, por tanto, luchar contra este problema teníamos primero que tener las mejores herramientas de conocimiento a nuestra disposición. Y eso debe significar ineludiblemente conocer a los hombres y como se construyen socialmente como tales.

 

Es probable que alguna de las personas que ahora leen estas palabras se haya percatado de cómo, paralelamente al goteo incesante de casos de asesinatos machistas en estas últimas fechas, también nos están sacudiendo otro tipo de noticias de muertes, pero en este caso muertes de varones. La violencia y el riesgo son caras de una misma moneda. ¿Y quién son estos hombres? Pues efectivamente son los que ayudan a reproducir esta identidad varonil dominante y hegemónica, la otra cara de la moneda sin la que no podemos entender la violencia contra las mujeres. Son los hombres que mueren y no de honor, sino de masculinidad.

 

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Estos varones -que aquí nos quedan tan cerca- son los que mueren en los festejos taurinos, los populares bous al carrer valencianos, y también los que mueren en los ríos o acequias y los mares de nuestra geografía. Y todos ellos como consecuencia directa de los dictados de género que hacen que uno de los pilares de la identidad masculina sea demostrar, a través de actividades que implican necesariamente riesgo, que se es hombre.

 

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A falta de un ritual claramente institucionalizado -la mili era lo más parecido- como en algunas de las mal llamadas sociedades exóticas, los hombres, los jóvenes y adolescentes, y los no tanto, frente a la exigencia social de una demostración perpetua de masculinidad y de un primer examen que nos dé un carnet provisional, continúan buscando espacios donde poder probar esa frágil identidad siempre puesta en duda. Y encontramos estos lugares allá donde el riesgo nos permite (de)mostrar públicamente que somos varones (y eso tiene recompensa) desarrollando nuestro espectáculo de la virilidad, como sucedáneo de aquellos ritos de paso tan lejanos en el espacio geográfico pero, quizás, cercanos en el espacio identitario.

 

Últimamente estamos viendo cómo los medios se centran en temas como la seguridad de los espacios lúdicos y festivos, los posicionamientos ciudadanos frente al (mal)trato a los animales u otros aspectos, muchas veces intrascendentes, cuando abordan estas noticias. Pero, ¿Por qué todavía no nos damos cuenta de que todos estos sucesos son manifestaciones de hombría a modo de una performance casi ritual? En fin. Explicar más detenidamente porqué aún los hombres necesitan demostrar que lo son adoptando prácticas de riesgo es una cuestión compleja, que pocas veces podemos identificar en las palabras masculinas, pero esa forma de entender la masculinidad es la que garantiza la reproducción de una manera de entendernos como hombres que sin lugar a dudas representa un riesgo directo para nuestra salud y nuestras vidas. Y también las de otras personas.

Consumo de alcohol y de drogas, el rey del botellón. Saltar de lo más alto, aunque debajo sólo haya un metro de agua con una roca enorme en el fondo que amenaza con estropear tu exhibición. Conducir más rápido que nadie, aunque te salgas en la próxima curva. Adrenalina en estado puro, adrenalina mortal. Nuestra sociedad no es capaz de enseñar a los niños, y en definitiva a los propios hombres, que efectivamente si algo implica riesgo, si algo da miedo, si algo parece imprudente, es precisamente porque lo es. Pero el peso de la presión grupal, de la necesidad identitaria, casi como pulsión, guía nuestras prácticas.

 

 

Riesgo y violencia no son una misma cosa, pero forman parte de ese todo complejo que es la identidad masculina tradicional y las bases sobre las que se sustenta, y por eso si entendemos mejor las motivaciones, a veces los sinsentidos, que llevan a los hombres a actuar adoptando riesgos innecesarios y conseguimos que dejen de hacerlo, también estaremos favoreciendo un replanteamiento de las bases de su identidad y por tanto pondremos en cuestión las lógicas de la violencia. La crítica y la deconstrucción de esa forma de entender la hombría están directamente relacionados con la erradicación de la violencia machista.

 

En resumen, parece bastante verosímil que cuando consigamos cambiar los valores y actitudes asociados a la masculinidad tradicional y forjar otro modelo de referencia masculino en positivo, estaremos mucho más cerca de evitar todo este tipo de comportamientos, pero especialmente estaremos más cerca y seremos más eficientes en la lucha contra la violencia de género.

 

Segalen, Martine (2014). Ritos y rituales contemporáneos. Madrid: Alianza Editorial.
http://www.levante-emv.com/sucesos/2015/08/04/muere-ahogado-hombre-playa-raco/1298857.html
http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2015/08/04/trampa-mortal-lassut-antella/1298562.html
http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2015/08/23/vecino-borriol-convierte-sexta-victima/1305828.html

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